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El Fandango de Huelva, 1730-1944

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En 1705, un visitador eclesiástico escribió de los vecinos de Huelva: “la mayoría ser gente indómita y de poco temor de Dios”. La causa principal de éste y otros reproches, fue su pasión por la música. Del gobernador al más pobre marinero, todos cantaban y bailaban en la ciudad. Su danza favorita era el fandango, una “reproducción coreográfica de la caza de la hembra”.

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Ficha técnica

Título: El Fandango de Huelva, 1730-1944
Autor: Juan Francisco Canterla Gónzalez
ISBN: 97884939602-5-4
Editorial: Ediciones Consulcom
Tamaño: 17x24
Páginas: 260
Encuadernación: Rústica
Color: No
Ebook: No
Idioma Español

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En 1705, un visitador eclesiástico escribió de los vecinos de Huelva: “la mayoría ser gente indómita y de poco temor de Dios”. La causa principal de éste y otros reproches, fue su pasión por la música. Del gobernador al más pobre marinero, todos cantaban y bailaban en la ciudad. Su danza favorita era el fandango, una “reproducción coreográfica de la caza de la hembra”. Los cantos preferidos de los mozos que rondaban en las vísperas
de fiestas, eran la tonada del cundí
y las coplas de desafío. Los gitanos del puerto del Odiel las aflamencaron a finales del siglo XVIII, poniendo las bases del que más tarde sería conocido
como “fandango de Huelva”.
El progreso decimonónico acarreó
mucha pasión por la música. En Huelva, “todo el que andaba, tarareaba”.
La sevillana, la cachucha, el olé, el garrotín, la jota y la malagueña se convirtieron en dueñas y señoras de las fiestas onubenses. A los extranjeros
les llamó la atención su afición por el cante y el baile. En mayo de 1887, un viajero inglés puso en su agenda de viaje la siguiente nota: “Los españoles onubenses ser grandes aficionados a la música; por todas partes cantar”.

Una observación que corroboraron, más tarde, Turina, Tárrega y Andrés Segovia. La expansión de los bailes citados, a los que deben sumarse los venidos de allende los mares, como el fox-trop, obligó al fandango, un canto para escuchar, a recluirse en la aldea. De allí lo sacó La Parrala. Su herencia la recibieron El Comía, Rebollo, Isidro y Rengel, los fandangueros de la generación
dorada. A ellos corresponde el mérito de haberle dado su configuración
definitiva.
Los responsables de su ascenso a símbolo de la ciudad fueron, sin embargo, los burgueses onubenses, entre los que cabe destacar a: Garrido
Perelló, farmacéutico, organizador de los Concursos de los años 1923 y 1924; Alejandro Duclós, alcalde de Huelva, promotor de la diversidad del fandango provincial; José Pérez de Guzmán, aristócrata y prototipo de “choquero neto”, que lo dio a conocer
a los grandes maestros de los años veinte, como Manuel Torre, y lo llevó por cafés cantantes y salas de fiesta de toda España; y Marcos Jiménez,
aunque su labor estuviese más orientada al reconocimiento de la originalidad del fandango de Alosno.